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martes, enero 20, 2009

A la playa con Mauricio

¿Qué se supone que son esas playas urbanas en la costanera? Porque no me van a decir que tirando un poco de arena, reposeras y sombrillas en el pavimento, ya tenemos una playa...

Me recuerda al "sucedáneo de " (de café, de chocolate, de casi todo) que tomaban en el magnífico "1984" de Orwell. Sucedáneo de playa.

Si no podés irte de vacaciones porque no te da la guita, o porque tenés que trabajar non-stop, o por lo que sea, ¡no importa! Vas a la playa en Buenos Aires.

Me parece mejor programa una pileta pública (quedan algunas...) un parque, ir a tomar sol a Palermo. Al menos esos lugares no están disfrazados de playa, son lo que son, sin etiquetas falsas.

La playa porteña me parece una gastada, un mal chiste propio de un Jefe de Gobierno que veraneó toda su vida en Punta del Este. ¿Tiene cara para decirle a los porteños que no pueden salir de la ciudad, que eso es "playa"? Si es playa, ¿por qué no veranea él ahi?

Me parece una ironía social. Un chiste ante la desigualdad ¿Demasiado paranoico lo mío? No lo creo. Todo tiene una lectura en esta vida. Mi lectura de la Playita Porteña es esa.

miércoles, octubre 17, 2007

Cinco siglos celebrando la muerte

Les dejo posteada, acá también, la nota que escribí para la página de noticias de Radio Jai (donde estoy escribiendo ahora, los invito a pasar y leer, actualizamos todos los días http://www.radiojai.com.ar/) acerca del 12 de octubre. Es, de alguna forma, una versión un poco más "académica" y elaborada de la nota que escribí hace justo un año sobre el mismo tema, aunque la bronca y el sentimiento de asco ante la fecha, como notarán, sigue siendo el mismo.

Cinco siglos celebrando la muerte
¿La llamada “Conquista de América” es un hecho histórico para celebrar o para conmemorar con dolor? ¿Por qué celebramos un genocidio?.
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“Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”, cantaba Baglietto. ¿Hasta dónde es propio hablar de un “descubrimiento” de América en 1492? Propongo comenzar a analizar el error desde lo lingüístico. Descubrir implica encontrar algo que nadie antes había encontrado. Y, a decir verdad, América siempre estuvo allí, con sus selvas y sus ríos, sus riquezas y miserias, sus imperios majestuosos y los humildes pueblos nómades.
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América, en realidad, fue descubierta hace alrededor de 40 mil años, durante la última glaciación. Al congelarse las aguas del Estrecho de Behring, se creó un “puente” que unió nuestro continente con el asiático. De allí, provinieron las primeras oleadas de pobladores. En migraciones que ocuparon varias generaciones, fueron descendiendo hasta ocupar, hace unos 9 mil años, la zona de Tierra del Fuego. Varios miles de años después, el europeo llegó y con su soberbia dijo descubrir una tierra perdida.
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Europa creyó ver en América un mundo no civilizado, ignorando, por ejemplo, las complejas economías del imperio Inca, los avances astronómicos de Mayas y Aztecas, la brillante arquitectura de estos mismos pueblos y los elaborados sistemas de valores. Despreció a ese mundo, era diferente, creía en otros dioses y hablaba otras lenguas. Entonces, comenzó la llamada “conquista”.
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‘Conquista’ significó la apropiación de las riquezas. Europa se enriqueció a costa de la explotación de América, cuyas riquezas, al no reconocer como “pueblo civilizado” a ningún pueblo aborigen, pertenecían por derecho a los conquistadores que las iban descubriendo. Así, el oro y la plata eran trasladados impunemente a Europa. Gran parte de las riquezas acumuladas por las naciones y la burguesía durante la época del mercantilismo, que hicieron posible, a posteriori, la llamada Revolución Industrial, provinieron de América.
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‘Conquista’ significó la imposición de una cultura y de una religión, por el simple hecho de creerlas superiores, y porque, además, veladamente, eran también instrumentos de dominación, y de legitimación de toda la conquista. La evangelización y ‘occidentalización’ del indio fueron excusas para que los más atroces crímenes se cometieran. Además, se negó la identidad de los diferentes pueblos aborígenes. Volviendo a lo lingüístico, notemos que se acuño el término ‘indio’ para todos los pueblos sin distinción, que eran, en realidad, un conglomerado de pueblos muy diferentes que sólo tenían en común vivir en América y ser objetos de la misma conquista, de la misma explotación. Un casual error de Colón (recordemos que creyó llegar a la India, y por ello habló él de ‘indios’) fue más fuerte que la identidad de estos pueblos. El término europeo, aunque errado, prevaleció.
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Pero, por sobre todo, conquista significó un enorme genocidio. ¿Soportaríamos que cualquier continente, nación, o grupo celebrara la Shoá (N: el Holocausto nazi) ? Pensemos el mismo ejemplo con el genocidio armenio, o con cualquier otra situación comparable.
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Aún hoy, la “Conquista de América” se celebra, y, si bien en los últimos años hubo muchos avances en la conciencia de lo que realmente sucedió, en las escuelas, por ejemplo, se sigue omitiendo gran parte de la historia. Pocos son los casos en que en una escuela primaria se les cuenta a los alumnos que durante los siglos que duró la colonización murieron 70 millones de personas, es decir, el 90% de la población aborígen.
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70 millones de personas. Setenta. Para dimensionarlo, pensemos que es una cifra similar al doble de la población argentina actual. Es inevitable sentir escalofríos. Sabemos, eso sí, desde la primaria, que uno de los primeros desembarcos de Colón fue en la isla que luego denominaron “La Española” (actualmente, Haití y Santo Domingo). Lo que muchos desconocen es que en ese momento, la isla contaba con un millón de habitantes. Y tan sólo cincuenta años después, quedaban solamente 500.
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Los casos particulares, aunque su relato pueda ser crudo y parecernos sensacionalista, también son situaciones que ayudan a tomar dimensión del genocidio. En una carta fechada en 1516, un grupo de sacerdotes dominicos escribe, con horror, al Ministro de Carlos V que ciertos hombres “vieron una india que tenía un niño en los brazos, que criaba, y un perro que ellos llevaban consigo tenía hambre, tomaron el niño vivo de los brazos de la madre, echáronlo al perro y así lo despedazo en presencia de su madre.” Otro fragmento también da testimonio de la crueldad que los llamados “conquistadores” propiciaban, incluso, hasta a los niños. “Los tomaban de las piernas y los aporreaban en las peñas, o los arrojaban en los montes, para que allí muriesen.” Otros documentos indican que este tipo de sucesos eran moneda corriente, parte ya de la cotidianeidad de la conquista.
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La población americana fue diezmándose no sólo por el exterminio directo, es decir, el asesinato, sino que gran parte de la matanza se le debe a la explotación, tanto en las plantaciones como en las minas. La expectativa de vida de quienes eran explotados en las minas apenas superaba los 25 años. Además, los traslados forzosos de hombres a los lugares de trabajo fueron paralizando la formación de familias y la procreación. Muchas veces, ésta era evitada deliberadamente, ya que los aborígenes no querían tener hijos cuyo destino inequívoco sería la esclavitud. Traer un niño a este mundo significaba ofrecerlo a la explotación de los conquistadores. Otro factor importante fueron las enfermedades que los europeos trajeron consigo. Eran enfermedades desconocidas que se difundieron rápidamente entre la población.
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Así, poco a poco, la América previa a 1492 fue quedando sepultada, en la misma fosa que la historia misma de este exterminio. Ya nada podemos hacer por los que ya no están, por pueblos enteros que han desaparecido y que hoy sólo existen en libros de historia. Pero sí podemos desenterrar la historia, y dejar de festejar un falso y edulcorado “encuentro de culturas”, para pasar a conmemorar (y no ya celebrar) algo que sólo puede definirse con la idea de genocidio.

miércoles, julio 18, 2007

AMIA

Aquel día
18 de julio de 1994. 18 de julio de 2007. 13 años. Muchas investigaciones. Pocas respuestas. Mucho dolor. Poco consuelo. No voy a hacer una crónica de los hechos. Ya hay miles, y todos saben lo que pasó. No voy a argumentar ni a opinar, mucho se ha dicho y mucho es más que obvio, aunque prefiero no pasar por alto las palabras corrupción, impunidad, complicidad y ... la última puede doler y costar más, porque ya no es para los políticos sino que apunta a la sociedad... bueno, ahí va: indiferencia. Indiferencia porque más de una vez he escuchado, con mis propios oídos, como mucha gente no se involucró ni se sintió involucrada, “la bomba se la pusieron a los judíos”, decían. Lo mismo, exactamente lo mismo que muchos hacen cuando, por ejemplo, discriminan al de al lado en un colectivo, y miran para otro lado, y no les afecta porque total ellos no son negros/gordos/viejos/mujeres/extranjeros/etc . El problema siempre es del otro. Los “otros”, durante mucho tiempo, y no por primera vez en la historia, nos sentimos solos y víctimas de la indiferencia. Por supuesto, no quiero generalizar, hubo sectores de la sociedad, hubo personas que se solidarizaron, a quienes les dolió y no merecen recibir las acusaciones anteriores. Pero volvamos al inicio.

Les decía, no quiero hacer otra crónica de ese día, voy a contarles mi pequeña historia de cómo viví esa jornada y muchas posteriores. No es mucho lo que, siendo una nena de 8 años, pude entender. Pero tengo recuerdos. Recuerdo a mi mamá llorando, recuerdo que yo no sabía qué era la AMIA, recuerdo que me lo explicaron. Y que, a mi modo, sentí también tristeza. Recuerdos.

Recuerdos de días sucesivos, recuerdo que yo iba a un kinder y que el primer sábado me extraño que mi mamá no quisiera que fuera, y luego comprendí que era porque tenía miedo. Muchos chicos ya no fuimos al kinder. (Un kinder es un grupo de juego y aprendizaje al que van niños y adolescentes, los sábados, en los templos. Algo similar a los grupos scout de las iglesias). Tardamos años en volver. Muchos chicos fueron retirados de las escuelas judías. ¡Y hasta nos daba miedo ir al templo en Iom Kipur! Supongo que se imaginaran qué tan triste es eso. Las instituciones se empezaron a escudar tras pilotes, horribles pilotes, símbolos del miedo, de la inseguridad, de la impunidad.

Poco a poco, fuimos volviendo a nuestras actividades. Cuando digo “a nuestras actividades”, por favor, no confundan con “a la normalidad”. El miedo no se fue, pero se terminó haciendo una presencia inevitable, como inevitable era volver a nuestros lugares. Y volvimos, pero desde ese momento, debemos soportar que, en la propia comunidad a la que vamos hace años, en el propio club, en lugares que son como la propia casa, el personal de seguridad nos haga mil y una preguntas, nos pida documentos. No me molesta que lo hagan, su deber es cuidarnos, y es por nuestra propia seguridad. Me molesta que exista la necesidad de hacerlo.

Más que la falta de justicia, me molesta que las condiciones estuvieran dadas para que todo haya pasado. Porque la justicia penal no es más que “venganza”, no es más que un castigo, necesario, pero no devuelve a las víctimas a la vida, y no restaura las cosas a la situación anterior (no a 1994, sino anterior al 92’, año del atentado a la embajada de Israel).

Todo va a seguir doliendo, pero sólo dos motivos por los que duele son reversibles: la falta de justicia y la indiferencia social. Por revertir la segunda, vos, ciudadano común, podés hacer algo. Y no sólo en cuanto a la AMIA, sino en toda causa. Cada vez que veas una injusticia ante un hermano tuyo. Y cada vez que recuerdes que “hermano tuyo” no es solamente el que tiene tu misma religión, color de piel o nacionalidad, sino todo ser humano. Cada vez que no gires los ojos ante la injusticia, ante el dolor, ante el racismo y la discriminación, vas a aportar tu granito de arena. Igual va a seguir doliendo. Pero, al menos, no estaremos solos.

martes, octubre 17, 2006

12 de octubre

Un momento... ¿qué festejamos?
Otro doce de octubre, los mismos actos escolares. Con carabelas, con un afiche azul pegado en el escenario, haciendo las veces del vasto mar. Con un niño disfrazado de Colón, sintiéndose un héroe, protagonista. Mamá aplaude. Los marineros bajan, se encuentran con un grupo de aborígenes sonrientes, todos se abrazan, bailan y cantan. Alegría, ternura, dulzura. Un cruce feliz de culturas.

¿No es hora de que les digamos la verdad a los chicos? Señores docentes: ¿toda la vida los conquistadores van a ser unos señores buenos que vinieron a traer la civilización (claro, los otros eran todos unos salvajes) a estas tierras? ¿Sarmiento siempre va a ser bueno, impoluto e indiscutible? ¿Por qué Roca sigue siendo el héroe bélico que organizó la llamada “conquista del desierto”? ¿Saben los chicos qué fue la conquista del desierto? ¿Por qué San Martín sigue cruzando los Andes en un caballo blanco, acaso no es más heroico decir que cruzó enfermo?

“Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”, cantaba Baglietto. Los que ganaron pintaron flores en donde llevaban armas. Escribieron otra cosa, ocultaron sus crímenes. Muchos siguen creyéndoles, y festejan alegres el “día de la raza”. ¡de la RAZA! ¿De dónde sacaron esa frase horrenda, de “Mi lucha”?

El día de la raza deriva de ese peligroso darwinismo social enraizado en nuestra sociedad desde hace siglos. Porque, en el fondo, lo que oficialmente se festeja, la visión ficticia de la cosa, es que vinieron unos señores muy civilizados (¿civilizadísimos, tal vez, porque conocían muchos métodos para torturar y asesinar?) a llevarles la gloriosa occidentalidad a esta manga de salvajes que había acá. Ni siquiera me conforma el otro título que pusieron ahora “día de la diversidad racial” o algo así. Es un eufemismo hipócrita. ¿Por qué no festejamos que somos todos humanos y listo? Pero no en un día determinado, todos los días, practicando la igualdad, el respeto por el otro, la paz, conceptos que parecen sacados de un libro de ciencia ficción.

Como contrapartida, como protesta ante este lamentable doce de octubre, las comunidades aborígenes festejan el 11 de octubre como el último día de libertad. Ayer pasé por el Congreso, donde había festejos, y me dio tristeza lo poco concurrido que era el festejo. Ninguna ONG, ningún partido político, nadie apoyándolos. Claro, acá no daban ni panchos, ni cocas, ni planes trabajar. Solamente un poco de música, de añoranza a esos tiempos que las generaciones actuales nunca conocieron, de sentimiento de comunidad y de unión.

La llamada conquista de América fue una serie de torturas, fue un pueblo que diezmó a otro, una masacre. Fue un proceso en donde una cultura se impuso sobre otra a la cual destruyó. ¿Fue algo digno de que festejemos?
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(Nota: este artículo fue escrito el mismo 12, se suponía que sería publicado en esta fecha, pero por problemas técnicos y urgencias "parcialísticas" su publicación fue postergada)

miércoles, octubre 19, 2005

Retratos sociales

Peligro: ¡Los mensajes nos invaden!

En los tiempos de la comunicación (estos en los que mucho se habla y poco se dice, en los que podemos conocer gente de China por chat pero ni conocemos al vecino de al lado), nuestras pertenencias no han querido quedarse atrás.
Pero no es precisamente algo actual, la era Internet es posterior al proceso que quiero tratar en esta nota. Ya la década del 80’ hizo su aporte con la moda de pegar calcomanías en donde sea. Las calcomanías tienen muy útil información, ¡No las subestimen! En la luneta trasera de un auto son como recuerdos que quedan de las diferentes vacaciones de quien maneja: “Yo amo a Santa Teresita”, “Yo fui a Mundo Marino”, “Córdoba, corazón de mi país”, y la lista continúa... cabe la pregunta acerca de la utilidad de aquella información, pero por supuesto, ante un eventual choque el conductor podrá excusarse porque sus preciadas calcomanías dificultaron la visibilidad, y también son de utilidad a la hora de conversar sobre las vacaciones... con dirigirse al auto del viajante, el interlocutor ahorra varias palabras.

También tenemos los carteles móviles, aquellos que viajan en las remeras. La remera con la cara de Ernesto “Che” Guevara es una extraña complicación. Existen dos mensajes posibles para leer: o bien que quien la usa adhiere a las ideas del revolucionario, o sino (y créame lector, en la mayoría de los casos sucede), que quien la luce es una persona a quien alguien le hizo entender que estaba de moda, y poco más piensa que es una banda de rock.
Banda de rock, hablando de eso, están los que llevan una remera de su banda preferida (y en esta categoría, me incluyo). Claro que es vistoso y agradable proclamar lo bien que suena tu música predilecta en tu remera, pero muchas veces la remera se usa por una ... digámosle necesidad de pertenencia. Los chicos se ponen la remera de los Rolling Stones porque sino “no existís”, y allí armamos todo un grupito de preadolescentes que ya, por la módica suma de los diez o quince pesos que cuesta la remera, han comprado un ascenso en la microescala social de su grupo de amigos.
Curioso, entonces, el poder semiológico de una simple remerita... y claro, hay casos aún más ridículos. Siempre hay algo peor, eso no lo olvide, querido lector. Está el caso de las chicas que les recuerdan al resto del mundo, por si no lo notaron, o si faltaba decirse, o si hubiera la necesidad de inducirlo, que ellas son muy “Sexy”. Tampoco despreciemos esto, es una gran ayuda para el observador que no tiene ganas de sacar conclusiones, entonces con sólo mirar la remera, las obtiene de forma automática... “Que linda chica es... a ver... sexy!, ahí dice sexy”. También existen remeras que dicen “Rock and roll” (curiosamente muchas chicas que usan esto tienen una muy vaga idea de qué es el rock, pero viste, baby, Britney tenía una igual, no se iban a quedar afuera), Princess, Queen (sin que tenga nada que ver con la banda de rock, es decir, la curiosa usuaria de esta remera es una megalómana que se imagina con coronita y cetro), Baby (para chicas con regresiones), etc.
Las hay con leyendas humorísticas (una curiosa remera de letras difusas que informaba que "el 90 % de los cornudos tienen problemas de visión"), con gráficos, las nacionalistas (ahora están muy de moda, marcando tendencia desde la gran vidriera que es el programa de Maradona, aquellas que proclaman "I love Argentina"), las "de marca" que a veces son simples remeras con un logo estampado que parece dar status... la variedad es infinita. Lo cierto es que la remera lisa de algodón ahora parece ser una especie en vías de extinción.
Las carpetas son otros elementos curiosos que aportan riqueza al asunto. Más allá de las de músicos, novelas, fútbol y dibujos animados, la joyita del rubro es la carpeta de fibra negra firmada con Liquid Paper, especie autóctona del colegio secundario. Allí se pueden ver dedicatorias, todas iguales: “Sos mi mejor amiga, te quiero, Ana”, “Sos mi mejor amiga y te re quiero”, “Sos mi mejor amiga y como dijo Ana, te quiero”, y así sucesivamente. Claro, Ana entró en la ceremonia del Liquid Paper pero probablemente tenga la peor de las ondas con la poseedora de la carpeta. No importa, el que más firmas tiene es como si poseyera un flamante certificado de popularidad, así que todo vale.


Tomando el tema en serio, resulta alarmante la necesidad continua que tenemos de comunicar cosas. Es una búsqueda constante y exhaustiva de identidad, la cual intentamos configurar mediante nuestras cosas materiales y sus “carteles”. Quizás si las palabras se redujeran a los diarios, revistas y libros, no nos agobiaría la cartelería infinita e iríamos en búsqueda de la palabra escrita más a menudo. No es bueno eliminar toda inscripción en nuestra ropa y objetos, pero sí es preciso ser consciente de que nuestra identidad se halla inscripta en nuestros actos, actitudes, pensamientos y palabras, y la apariencia es algo secundario. Pero claro, en la época de la imagen y la información, estas dos han hecho un cóctel explosivo y nos han sometido a todo esto. Bueno es que empecemos a procurar más pensamiento y menos imagen, a tender a profundizar más que a mirar lo superficial.